cielos estrellados y soleados, verdes caminos por emprender.
Paseo mis ojos por la ventana. la ventana es una ventana, pero siempre fue, además, un símbolo. no se sabe muy bien de qué. Tampoco importa demasiado. una ventana es un mundo. Fiel a mi vocación de interrogar a la serpiente que se oculta tras el cisne. El reverso oscuro de la existencia, lo terrible que anida en la belleza, el misterio tras la máscara, de mirar y mirar para poetizar, le pregunto a los árboles que llaman a la ventana, mientras escribo, si este viento triste de otoño viene envenenado de cuchillos; o es tan sólo una serenidad lánguida, parecida a un lago muy quieto, que ha logrado detener el tiempo. los árboles de invierno saborean los vientos.
Camino descalzo, mis manos frías. un frío que siempre estuvo ahí, envolviendo las calles. si es cierto que la melancolía es un deseo excesivo, un deseo del deseo, entonces el otoño es un espejo de la melancolía y Alejandra Pizarnik tiene razón al decir que por un instante -sea por una música salvaje, o alguna droga, o el acto sexual en su máxima violencia-, el ritmo lentísimo del melancólico no sólo llega a acordarse con el del mundo externo, sino que lo sobrepasa con una desmesura indeciblemente dichosa; y el yo vibra animado por energías delirantes.
Las energías delirantes a veces duermen apagadas, esperan en silencio a ser despertadas y quemar las entrañas. el yo es atravesado por un rayo que lo sintoniza con el universo.
En oscuridades como ésta, querido fantasma, te tuve entre mis brazos.
no.by.me
Y el sol desapareció.
Y un día más terminó en Buenos Aires: algo irrecuperable para siempre, algo que inexorablemente lo acercaba un paso más a su propia muerte. ¡Y tan rápido, al fin, tan rápido! Antes los años corrían con mayor lentitud y todo parecía posible, en un tiempo que se extendía ante él como un camino abierto hacia el horizonte. Pero ahora los años corrían con creciente rapidez hacia el ocaso, y a cada instante se sorprendía diciendo: “hace veinte años, cuando lo vi por última vez”, o alguna otra cosa tan trivial pero tan trágica como ésa; y pensando en seguida, como ante un abismo, qué poco, qué miserablemente poco resta de aquella marcha hacia la nada. Y entonces ¿para qué Y cuando llegaba a ese punto y cuando parecía que ya nada tenía sentido, se tropezaba acaso con uno de esos perritos callejeros, hambriento y ansioso de cariño, con su pequeño destino (tan pequeño como su cuerpo y su pequeño corazón que valientemente resistirá hasta el final, defendiendo aquella vida chiquita y humilde como desde una fortaleza diminuta), y entonces, recogiéndolo, llevándolo hasta una cucha improvisada donde al menos no pasase frío, dándole algo de comer, convirtiéndose en sentido de la existencia de aquel pobre bicho, algo más enigmático pero más poderoso que la filosofía parecía volverle a dar sentido a su propia existencia. Como dos desamparados en medio de la soledad que se acuestan juntos para darse mutuamente calor. ( desde un amigo )
Comentarios (59 comentarios)
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claro.. es que hay tiempo para todo y que que me cuentas?
paso por primera ves
desde santa fe..eh..luz amarilla...aca si que arden las brassas ..agun sr .brass
saludos y vendiciones..
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